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La identidad de nuestra misión

 

Cuenta el Evangelio que un líder espiritual judío se acercó  a Jesús con una profunda inquietud.

“Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?” (Mateo 22:36); preguntó. Para aquel entonces, los judíos tenían más de seiscientos mandamientos, por lo que la consulta no era fácil de responder. Mateo lo interpretó como una trampa que querían hacerle a Jesús. El Maestro pensó un poco y mirando a los ojos de su interlocutor le   contestó:”Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente’, le respondió Jesús. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: ‘Ama a tu prójimo-como a ti mismo” (vv. 37-39). En realidad, el fariseo le había interrogado por un mandamiento, el más importante. Jesús, le indicó dos. Le aclaró que el primero era el más trascendente, pero que el segundo se parecía. La enseñanza es que a Dios hay que amarlo con todo nuestro ser y al prójimo con la misma intensidad.

Cuando observamos el ministerio de Jesús, vemos que su preocupación por la dimensión espiritual del hombre iba acompañada por la dimensión humana. Las angustias, hambre y enfermedades de las personas eran para Jesús tan primordiales que aun cuando impartía el perdón de los pecados, acto seguido, los libraba de su mal. Por esto invitaba a descansar a los cansados y agobiados, sanaba a los enfermos, liberaba a los oprimidos y era capaz de multiplicar unos panes y pescados con el fin de que nadie de la multitud regresara a su casa con hambre. No es posible entender el ministerio de Jesús sin esta doble dimensión del amor a Dios y al prójimo.
En alguna ocasión Jesús hizo más radical el significado del amor al prójimo; llegó a decir que cuando damos un vaso de agua al sediento, en realidad, lo servimos á El.

Servicio local

Las iglesias evangélicas, herederas de la reforma protestante del siglo XVI, siempre han dado a las necesidades humanas y al desarrollo social un papel central en lo que ha sido la predicación del Evangelio. El desarrollo cultural, económico y científico de muchas naciones europeas y aun de Estados Unidos, se debe en gran parte a los valores solidarios y éticos aportados por la fe evangélica.

En la Argentina, la presencia evangélica lleva más de doscientos años; desde los primeros días de nuestra nación los evangélicos estuvieron presentes en la educación, la ciencia y la ayuda benéfica. Fue un evangélico, Diego Thomson, el que en 1818 arribó al país para introducir el sistema Lancasteriano de educación y, por su aporte, el Cabildo lo nombró Director General de Escuelas en 1820. Por su brillante gestión, O’Higgins lo llamó a Chile y San Martín lo convocó al Perú. Fue también un evangélico; Teófilo Parvin, el primer profesor de inglés y griego en la Universidad de Buenos Aires, al igual que Federico Humble, el primer maestro y médico de la Patagonia. Fueron evangélicos los que crearon el Museo Nacional de Ciencias Naturales o el observatorio astronómico de Córdoba. Fueron también evangélicas sesenta de las setenta y cinco maestras que Sarmiento trajo para el desarrollo de su plan educativo y la formación de las primeras educadoras argentinas.


Podríamos seguir con una lista enorme de hombres y mujeres evangélicos que, en el pasado, con su servicio, hicieron un aporte significativo a nuestra sociedad. Todos por igual comparten el mérito de que sus acciones debieron cumplirlas en  medio de la discriminación e intolerancia que sufrieron por causa de su fe.

Esta labor es importante, no solo por su dimensión, sino también por el alto grado de efectividad. Por ejemplo, en lo que hace a la tarea con adictos a las drogas y presos, no existe en el país ninguna institución  oficial o privada que llegue a los índices de  recuperación que alcanzan las instituciones y ministerios evangélicos.

uizás debemos preguntarnos aquí por el porqué de tales logros. La respuesta no es simple porque todo aquel que trabaja en auxilio del prójimo, no importa en el ámbito en que lo haga, pone lo mejor de sí y de sus conocimientos al servicio del otro. Sin embargo, lo que marca la diferencia es que aquellos que sirven a partir de su fe evangélica, centran sus esfuerzos en la transformación interior de la persona, y a partir de allí emplean las terapias correspondientes.

Para la Iglesia no importa el trabajo que represente, el esfuerzo que signifique o los recursos que se inviertan; la predicación del Evangelio y el servicio al prójimo serán siempre dos tareas sin fin. Lo que se obtenga en esto, solo trae una satisfacción momentánea, acompañada de la inconformidad por todo lo que aún falta hacer.

Servicio y predicación

La predicación y el servicio deben proponerse siempre la transformación de las personas y de la sociedad. Así como no podemos conformarnos simplemente con predicar el mensaje del Evangelio, sino que intentamos que las personas crean en Jesucristo y lo reciban como su salvador, para que sus vidas sean transformadas; de la misma manera, el servicio al prójimo no- puede limitarse a suplir las necesidades  humanas. Es necesario trabajar de tal manera que podamos afectar las condiciones que produjeron esas necesidades.

Un pastor decía una vez: -No es suficiente dar de comer al hambriento, debemos preguntarnos por qué tiene hambre y entonces trabajar para darle de comer, pero también para que nunca más tenga hambre.

Cuando recibimos en nuestros hogares de rehabilitación un joven atrapado por las drogas y el alcohol, además de ayudarle, corresponde averiguar: ¿Qué ha pasado con su hogar? ¿Qué modelo de familia goza? ¿Qué podemos hacer para que en los medios de comunicación se proyecten modelos de hogares basados en el amor y la fidelidad, y no en la violencia y el adulterio?

Cuando ayudamos a inundados, además del suministro de ropa y la reposición de lo perdido, nos incumbe investigar:

¿Por qué la inundación? ¿Pudo evitarse? ¿Qué obras hizo el gobierno para evitar el desbordamiento? ¿Qué debemos hacer para que no vuelva a ocurrir?

La predicación y el servicio son las dos caras de una misma moneda. Cada vez que queremos separarlos, debilitamos el propósito de Dios para el ser humano.

La salvación que Cristo nos ofrece es integral. Comienza con la redención del pecado y el nuevo nacimiento, y se hace concreta en una vida transformada y plena. Por lo tanto, nuestra misión debe ser integral, como dice el Dr. René Padilla: “Debe estar orientada a la reconstrucción de la persona en todos los aspectos de su vida, tanto en lo espiritual como material, tanto en lo físico como en lo psíquico, tanto en lo público como en lo privado. Jesucristo es el Señor de la totalidad de la vida y quienes lo siguen deben hacer evidente esta realidad”

Nuestra oportunidad

En este tiempo Dios nos llama a orar  trabajar para la transformación  de nuestra Nación. Como Iglesia, debemos ser sensibles a las necesidades físicas, sociales, institucionales y espirituales  y obrar en consecuencia. Nuestra primera responsabilidad es y será exaltar a Jesucristo y anunciar con toda claridad que fuera de Él no hay salvación.

Bien dice el Evangelio: ‘De qué sirve al hombre si ganare todo el mundo  y  perdiere su alma” Pero, al mismo tiempo, sabemos que la salvación llega al ser  humano en su totalidad. Así como Jesús junto al perdón de los pecados otorga  sanidad a los enfermos y libera a los oprimidos; de igual manera, la Iglesia en misión debe afectar todos los órdenes de la vida.

El servicio al prójimo no es una  mera “ayuda social” motivada espíritu que busca bendecir al prójimo al cambiar el corazón, liberar de la penuria y transformar  las circunstancias.

La Iglesia, el Cuerpo de Cristo,  no puede tener otra misión más que la que tuvo Cristo, cabeza de la Iglesia. Su misión es la nuestra y este es el tiempo cumplirla.

Norberto Saracco es director de la Facultad  Internacional de Educación Teológica  (FIET), y vicepresidente del Consejo Nacional Cristiano Evangélico.

Tomado del libro Argentina oramos por vos

 

 

 

 

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